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Sobre ajedrez y pensamiento creativo

Ajedrez Juanma González El Mentalista

Siempre he creído que tuve mucha suerte con la educación que he tenido. Una de las cosas que más recuerdo de mis años en el Colegio es que desde bien temprana en la educación Primaria, en mi colegio tuvimos una asignatura de ajedrez.

Una vez a la semana, don Jose Manuel traía una docena de tableros y otras tantas cajas repletas de viejas piezas y nos emparejaba para jugar. Teníamos un libro que nos enseñaba los rudimentos del juego, pero donde más disfrutábamos, desde luego, era jugando. Y así fue como desde muy joven aprendí a admirar y disfrutar el apasionante juego de los sesenta y cuatro escaques. Competitivo como soy, querer destacar entre los mejores jugadores de mi clase fue motivo de esfuerzo y entrenamiento (mi madre se ofrecía desinteresadamente como sparring en casa). Sin embargo, en aquellos torneos improvisados que teníamos en esa hora semanal, aunque pude ganar alguna vez a Carlos Crespo, creo que jamás conseguí ganar a Caco Bello ni a Fran Cifuentes.

Pasada esa etapa escolar de Primaria, el ajedrez desapareció como materia pero pervivió como afición. Entonces no tuve la disciplina para estudiar y mejorar mi juego, y mis partidas se limitaban a ocasionales juegos en casa, en el ordenador o contra Pablo Millán, el único de mis amigos que creo ha mantenido el interés por el ajedrez durante tantos años. Aún así, mi fascinación por el juego pervivió en mis lecturas. Recuerdo leer con voracidad sobre Raúl Capablanca o Alekhine y disfrutar enormemente de la película “En busca de Bobby Fischer”. Me admiraba la profunda capacidad analítica de los grandes jugadores, su capacidad para ver más allá de unas pocas jugadas, o su habilidad para solucionar con facilidad insultante problemas tácticos que para mi suponían misterios insondables.

Garry Kasparov, uno de los mejores jugadores de la historia, tiene un fantástico libro llamado “Cómo la vida imita al ajedrez”. Desde luego, creo que es cierto. En la vida, como en el ajedrez, hay que analizar, elegir opciones, enfrentarse a problemas, conocer las fuerzas y flaquezas propias, así como las del contrario. Y para ello es necesaria una buena dosis de disciplina, lógica e intuición. La intuición puede no ser una capacidad muy desarrollable mediante el entrenamiento, pero la disciplina y la lógica si lo son.

Pero quizá lo más didáctico que he aprendido del ajedrez ha sido que las derrotas son siempre las mejores maestras. He perdido muchas partidas al ajedrez, y cada derrota me ha enseñado algo. En ese sentido, el ajedrez es un excelente maestro de vida que creo que conviene visitar de vez en cuando. También, por si no lo he resaltado de forma obvia todavía, el ajedrez es un reto que permite conocerse mejor uno mismo de una forma divertida.

Otra de las bondades del ajedrez es que ofrece infinidad de retos de pensamiento creativo. Y en mi trabajo, pensar de forma creativa es tanto una virtud como una necesidad. Savielly Tartakower  (1887-1956) fue un Gran Maestro Internacional de ajedrez muy conocido por su agudo e ingenioso sentido del humor. Cuentan que Tartakower entró una noche en The Gambit, un famoso club de ajedrez de Londres y apostó con quienes allí estaban que no podrían resolver un problema de jaque mate en una sola jugada. El Gran Maestro presentó su problema y ninguno de los ajedrecistas allí reunidos pudo resolver el problema.

A continuación reproduzco el problema que según la leyenda presentó Tartakower en The Gambit. En este problema, las blancas juegan y ganan. ¿Eres capaz de encontrar la solución al problema de Tartakower?

Ajedrez Juanma González El Mentalista

¡Ah, por cierto! Fran, Caco. Si leéis esto, quiero la revancha.

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