Basado en una historia real

“Estamos hechos de historias. De las historias que nos contamos a nosotros mismos.”

Llevo mucho tiempo sin escribir. Más de un año sin hacerlo en este blog. El por qué es sencillo: en todo este tiempo, no sentí la necesidad de escribir absolutamente nada.

Cada cosa, hasta la más pequeña, tiene un por qué. Creo que nuestra vida se rige en gran parte por enormes cadenas de sucesos causa-efecto. El hecho de que no sintiese ninguna necesidad de escribir durante todo este tiempo es un eslabón más en esa casi infinita cadena, y su explicación es muy simple: en algún punto, hace meses, me conté a mi mismo que no necesitaba escribir.

Os cuento algo personal: durante muchos años, desde mi adolescencia, he llenado libretas y documentos de word con textos que no tenían otra inspiración que mi vida. Mis preocupaciones, mis ilusiones, mis miedos y esperanzas. Mis alegrías y mis penas. Normalmente, para qué engañaros, historias y relatos inspiradas en mi vida sentimental.

En algún punto acabé cansado de aquello, de solo sentarme a escribir cuando mis emociones, habitualmente la nostalgia o el dolor, me empujaban a hacerlo. Casi con una sensación de enfado conmigo mismo, decidí cambiar radicalmente y escribir, como podéis comprobar en entradas anteriores de este mismo blog, cosas relacionadas con mi mundo profesional. Como también podéis comprobar, los frutos de esa decisión fueron escasos, breves y muy lejos de hacerme sentir orgulloso, salvo en algún caso puntual. Pese a mis intentos por continuar, acabe desistiendo: en algún punto me conté a mi mismo que no servía para escribir. Y he vivido estos últimos meses viviendo esa misma historia. La historia de alguien que no puede escribir.

El pasado tiene cosas maravillosas, y volver a él de la forma correcta puede enseñarnos grandes cosas sobre nosotros mismos y nuestra vida. En uno de esos viajes al pasado, sin saber bien por qué, repasé muchas historias que yo me había contado a mi mismo a lo largo de los años.
Me vi a los quince años contándome a mi mismo que era una persona demasiado tímida, que lo iba a pasar mal cuando saliese al mundo exterior, fuera del colegio. Me vi a los dieciocho contándome que no encajaba en la Universidad. Y más tarde, a los veinte, contándome que nunca me animaría a acercarme a aquella chica. A los veintidos, que ya no sería capaz de enamorarme nunca más. Más tarde, que mi timidez nunca me permitiría ser un ilusionista profesional. O que no podría sobrevivir en un país extranjero por mi cuenta, o que yo no valía para actuar ante más de mil personas. Que no podría superar jamás aquello. Y que… y que… y que.

Todas esas y muchas más son historias que me conté a mi mismo, y que viví como ciertas hasta que, gracias a Dios, de alguna forma que no puedo identificar, empecé a contarme historias distintas. Historias que empiezan, muchas, con “yo quiero” y sobre todo “yo puedo.”

Estamos hechos de las historias que nos contamos a nosotros mismos. Y no en un momento puntual. Esas historias perduran a lo largo del tiempo, nos hacen mirar al pasado y decirnos cosas como “No soy feliz desde que hace años fracasé en esto”, o “soy un desastre y siempre lo seré”, o “desde que esta persona se fue, nada tiene sentido.” Nuestros recuerdos nos traicionan, porque mezclan lo que era real, lo que realmente pasó, con las historias que nos contamos en aquel entonces. Nos repetimos esas historias cada noche, antes de dormir. Y con los años, lo que sucedió y lo que nos contamos a nosotros mismos una y otra vez se fusionan, y se hace casi imposible separar nuestra realidad de nuestra ficción. No pasa nada: somos humanos. Somos así. Tan solo recordemos que podemos contarnos otras historias. Historias que nos hagan ser mejores.

Por eso hoy vuelvo a escribir, y echando una vista al pasado, a lo que sucedió y a lo que yo me conté, puedo decir que todo lo que leáis en estas entradas estará basado en una historia real.

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